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  MÁS ALLÁ DEL TERROR TELEVISADO. ESTRATEGIAS CONTRA LA DESINFORMACIÓN: Una nueva pedagogía de la Comunicación. Agustín García Matilla

Este es un extracto del artículo publicado en libro colectivo: CONTRERAS, Fernando y SIERRA, Francisco (Coords.) (2002): Culturas de guerra. Medios de comunicación y violencia simbólica.

Son las 3 de la madrugada del día 12 de septiembre de 2001 y a estas horas es difícil no dejarse llevar por un escepticismo definitivo: NO HAY FUTURO.

Desde primera hora de la tarde no he dejado de ver las trágicas imágenes provocadas por los atentados terroristas en Nueva York y Washington. Intento superar la terrible impresión de unos sucesos que personalmente me han llevado a un profundo desasosiego, un íntimo desaliento y una absoluta desesperanza con respecto al futuro inmediato de la especie humana. Mi casi enfermizo sentido de los compromisos me lleva a recordar que a finales de julio de 2001 acabé un artículo, que sin duda alguna exige ser actualizado. No sé si estaré a tiempo de modificarlo. Escribo a mi amigo Paco Sierra, uno de los coordinadores de esta publicación colectiva, para sugerirle la actualización y me pongo a ello con la esperanza de que la edición del libro, en el que se incluye mi colaboración, no esté ya demasiado avanzada.

El punto de partida de este artículo es muy simple. Se trata de demostrar cómo la televisión es un arma estratégica de poder. En la segunda mitad del siglo XX este medio se ha vuelto, a veces, de forma excepcional, contra los intereses de Gobiernos poderosos. El caso más emblemático es el de la Guerra de Vietnam. En esa ocasión, las imágenes televisivas tuvieron un peso fundamental para movilizar a la opinión pública norteamericana en contra de la inercia de la guerra. A partir de ese momento los asesores militares de los sucesivos presidentes de Estados Unidos tuvieron claro que las cámaras de televisión no deberían estar tan presentes en los conflictos armados. La presión del propio medio hizo imposible llevar a la práctica, al menos de forma generalizada, esa decisión. Sin embargo, la presencia de la televisión en las nuevas guerras se iba a permitir sólo, dónde, cuándo y cómo le viniera bien a los intereses de la nación. Desde ese momento, las estrategias de desinformación llevadas a cabo por el Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica han sido una constante. La Guerra del Golfo representó el ejemplo paradigmático del fraude sufrido por millones de telespectadores en todo el mundo. La Guerra se vendió como un espectáculo incruento servido en exclusiva por la CNN para todo el mundo. Las televisiones de los 5 continentes sirvieron de meros comparsas para ese monumental fraude.
Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 han generado un sentir generalizado de compasión hacia el pueblo estadounidense pero, de la misma manera, han permitido escarbar en las páginas más oscuras de la política exterior de los sucesivos gobiernos de Norteamérica. Es justo afirmar que las críticas más profundas y los análisis más lúcidos y críticos hacia esta poco afortunada política, han surgido de la reflexión de ciudadanas y ciudadanos norteamericanos. No hay más que leer algunos de los artículos de opinión aparecidos en las ediciones especiales de los periódicos de todo el mundo tras los atentados en Estados Unidos. Profesores e investigadores de diferentes universidades norteamericanas han desgranado sin la más mínima autocompasión las peores páginas de esa nefasta trayectoria.

El 11 de septiembre de 2001 el país que ha querido liderar al mundo sin sufrir apenas bajas, ha recibido el efecto boomerang de una política que, por primera vez, se ha vuelto contra miles de ciudadanos norteamericanos indefensos.

Todos estos hechos exigen abrir un proceso de reflexión profunda. Los medios de comunicación deberían ayudar a abrir ese debate y para ello resulta imprescindible el desarrollo de una pedagogía de la comunicación. La televisión nos dota diariamente de miles de imágenes y sonidos que son sistemáticamente "quemadas" y desaprovechadas. Asimismo, la televisión es depositaria de una gran parte de esa memoria colectiva que permitiría confrontar presente y pasado. Pensemos en el acicate que podría suponer un uso activo de ese gran almacén de imágenes y sonidos... Y sin embargo, la televisión ha sido un instrumento generalmente utilizado para contribuir a la desmemoria de los pueblos.

Este artículo tiene entre otros objetivos servir a ese ejercicio pedagógico de recuperación de la memoria colectiva. Los trágicos sucesos ocurridos en Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 hacen que este artículo intente ser además un modesto testimonio en contra de la infamia, y un homenaje a las víctimas civiles de cuantas guerras, declaradas o no, han impedido un progreso continuado de la humanidad.

LA DESINFORMACIÓN COMO ARMA BÉLICA

La saturación informativa se ha convertido en un fenómeno que lejos de contribuir al reforzamiento de la democracia está interfiriendo de forma grave en su construcción. El fenómeno de la "desinformación" es predominante en medios como la televisión y se detecta como uno de los principales problemas que los medios de información y comunicación en general han heredado del pasado siglo.

Roland Jacquard hace suya una definición del término desinformación que describe este fenómeno como un "conjunto de técnicas utilizadas para manipular la información conservando su verosimilitud con el fin de influenciar sobre la opinión y las reacciones de las gentes...La evolución de las técnicas de desinformación ha sido proporcional a la experiencia progresiva de los que las emplean, a la importancia de lo que está en juego, a la multiplicación de los medios de comunicación y a la necesidad de convencer masas cada vez más numerosas"1.

Vamos a centrarnos en la información audiovisual y muy especialmente en cómo la televisión ha abordado los contenidos referidos a determinados conflictos bélicos que han caracterizado a los últimos 30 años del siglo XX. Repasaremos de forma sucinta los fenómenos de desinformación que definen el tratamiento dado a algunos de esos conflictos. Plantearemos la necesidad de poner en práctica una educación para la comunicación. Esa educación para la comunicación se dirigirá a la población en general y tendrá como objetivo concreto evitar los excesos cometidos por una política de desinformación, en la actualidad tolerada y a veces apoyada por las instituciones, y casi nunca debatida por los propios ciudadanos.

INFORMACIÓN AUDIOVISUAL Y CONFLICTOS BÉLICOS

Los casi inagotables recursos informativos que a menudo nos venden las televisiones se convierten en "pólvora mojada" a la hora de dar información fidedigna sobre muchos de los conflictos bélicos que han acontecido en el mundo. La Guerra de Vietnam fue la última ocasión en la que las imágenes televisivas contribuyeron decisivamente al final de un conflicto bélico. Esas imágenes fueron en sí mismas un arma poderosa para llegar al plano emocional de los telespectadores norteamericanos y ayudaron tanto a la contextualización de la información como a crear un consenso de opinión de una gran parte de la población estadounidense. Los lectores de los periódicos y los telespectadores norteamericanos coincidieron en calificar de esfuerzo inútil el sacrificio de vidas humanas en esa región del Sureste Asiático.

La Guerra de las Malvinas supuso un punto de inflexión con respecto a la información bélica. Margaret Thatcher salió indemne de las críticas a la censura que ella misma había impuesto a los medios de comunicación de su país. Durante el conflicto se evitó facilitar cualquier tipo de información referida a la guerra contra Argentina. El argumento esgrimido consistía en considerar este tipo de noticias perjudiciales para los intereses de los ejércitos del Reino Unido. La "dama de hierro" fue capaz de ir más allá lanzando acusaciones de traición a la BBC británica. La cadena, fiel a su imagen de independencia, había decidido entrevistar a algunos de los militares responsables de la flota enemiga

DE LA GUERRA DE VIETNAM A LA GUERRA DEL GOLFO

Los manuales de información más utilizados en América y Europa hablan de cómo la guerra de Vietnam llegó a su fin, en parte, gracias a las imágenes que facilitaban los diarios y sobre todo a las filmaciones emitidas a través de los canales de televisión. Imágenes como la de la niña Kim Phuc corriendo desnuda por una carretera tras sufrir las terribles quemaduras causadas por el napalm, o la ejecución de un guerrillero vietnamita en plena calle a manos del general Loan, o las de los propios marines norteamericanos heridos en combate...

En su libro Memorias de un Reportero2 Walter Cronkite analiza de forma certera cómo los asesores militares del ejército norteamericano tomaron buena nota de lo que había sucedido en el sureste asiático: "Una generación de oficiales, más tarde en el Pentágono, aún tiene la creencia de que quienes nos hicieron perder la guerra fueron los medios de comunicación. Insisten en que podríamos haber ganado si la prensa no hubiera publicado aquellas imágenes de niñas vietnamitas desnudas huyendo abrasadas por el napalm de nuestros bombardeos; de prisioneros recibiendo un disparo en la cabeza, de cabañas ardiendo, de soldados estadounidenses heridos"3 .

El propio Cronkite se refiere a las declaraciones expresadas años más tarde por un comandante de infantería de marina en la publicación Military Review, revista oficial del Ejército de Estados Unidos: "Lo que necesitamos, contrariamente a la política abierta y sin restricciones seguida en Vietnam, no es libertad de prensa, sino libertad frente a la prensa, más específicamente, libertad frente a la cámara de televisión y su interferencia. - y concluía su razonamiento-. ¡En la próxima guerra, las cámaras de televisión deben quedarse en casa!"4 .

La recomendación sería seguida casi al pie de la letra por el ejército norteamericano en las sucesivas invasiones de Granada y Panamá y también durante las intervenciones en el Golfo Pérsico a comienzos de los 90. Las cámaras de televisión no volverían a servir el tipo de imágenes que consiguieron abrir los ojos de millones de norteamericanos.

Tan importante es el análisis de las restricciones progresivas impuestas a la libertad de información en los conflictos bélicos como la revelación de las estrategias, muchas veces engañosas, que contribuyen decisivamente a convencer a la opinión pública de la necesidad de justificar una determinada guerra. En el caso de la Guerra de Vietnam, el desencadenante de la declaración de guerra fue el supuesto ataque de navíos norvietnamitas a dos destructores estadounidenses. El presidente Johnson hizo ante el Congreso una exagerada declaración en la que presentó el hecho como la gota que colmaba el vaso. De esta forma los congresistas dieron prácticamente un cheque en blanco a su presidente para actuar.

LA GUERRA DEL GOLFO COMO PARADIGMA DE UNA DESINFORMACIÓN PERFECTAMENTE ORQUESTADA

Años más tarde, la decisión de entrar en una guerra en el Golfo Pérsico precisó de un proceso mucho más largo y perverso. Estados Unidos no consiguió sensibilizar a sus ciudadanos hasta muchos meses después de que Sadam Hussein hubiera invadido Kuwait en agosto de 1990. Los ciudadanos estadounidenses no se vieron conmovidos por lo que pasaba en un país del que, la mayoría de ellos, ni siquiera conocía su ubicación en el mapa; es más, todas las referencias existentes identificaban a Hussein como un aliado de Estados Unidos que había combatido contra Irán. Hasta 1989 Estados Unidos había promovido el envío de materiales biológicos a Irak como apoyo explícito al Gobierno aliado. Como ha descrito Noam Chomski "Saddam era por entonces un amigo favorecido y un socio comercial. Su estatus cambió sólo unos meses más tarde, cuando malinterpretó la tolerancia de Estados Unidos para permitirle modificar la frontera con Kuwait como una autorización para apoderarse del país -o desde la perspectiva de la Administración Bush, para hacer lo mismo que Estados Unidos acababa de hacer en Panamá"5.

El desencadenante de la entrada de Estados Unidos en la Guerra fue preparado dentro de una campaña perfectamente orquestada por la Agencia de Relaciones Públicas norteamericana Hill and Knowlton. En aquellos primeros meses, inmediatamente posteriores a la invasión de Kuwait, la opinión de los congresistas estaba muy polarizada y más aún la percepción que los ciudadanos norteamericanos podían tener sobre la justificación de entrar en una nueva guerra. El objetivo era cambiar esas percepciones y desequilibrar la balanza a favor de los partidarios de la entrada en la Guerra.

Ni las imágenes de fusilamientos sumarísimos ordenados por Sadam, ni la identificación de este personaje con la referencia a un nuevo Hitler, habían conseguido su objetivo. La campaña para lograr este espectacular cambio de opinión costó 10 millones de dólares, de aquella época. Esta suma representaba un coste similar a lo que significaba la realización de una campaña para optar a la presidencia de los Estados Unidos. La campaña de comunicación fue financiada por Ciudadanos por un Kuwait Libre, esta institución encubría una coalición formada entre otros por miembros del Gobierno kuwaití y avalada por miembros de la Familia de los príncipes de Kuwait. No hay que olvidar que Kuwait era en esa época el décimo país productor de petróleo de todo el mundo y que su población no llegaba al millón de habitantes.

Para sensibilizar a la opinión pública se inventó una historia realmente truculenta, perversa y a la vez eficaz. Según esta historia soldados de Sadam Hussein habrían entrado en la sección de neonatos del Hospital de Addan cortando los cables de oxígeno de las incubadoras y matando a 312 bebés. La principal testigo Nayirah, era una niña de 15 años que aparentemente no se atrevía a dar su nombre ante el Comité del Congreso de los Derechos Humanos de Norteamérica por miedo a las posibles represalias. El Presidente Bush mencionó en 7 ocasiones este acontecimiento ante el Senado norteamericano y finalmente la Cámara dio el visto bueno definitivo a la entrada en la Guerra por un estrechísimo margen de votos.

Hasta la propia Amnistía Internacional cayó inicialmente en el engaño ya que un informe de esta organización publicado el 19 de noviembre de 1990, recogió como verdadero el testimonio de Nayirah. En informes posteriores se corrigieron datos pero el objetivo de desinformación ya se había conseguido y sirvió para justificar la acción militar de los Estados Unidos.

Una vez detonado el conflicto no importó ya que la historia se fuera desmontando. Diversos expertos internacionales pudieron comprobar in situ que el suceso de las incubadoras nunca había existido. Hill and Knowlton había actuado como si de una película se tratara. Los testigos falsos habían ensayado sus testimonios como actores profesionales. Pronto se descubrió que la supuesta refugiada Kuwaití, Nayirah, era en realidad la hija del embajador de Kuwait en Estados Unidos, Nasir al Sabah. El entramado de complicidades se extendió hasta el interior de la misma Casa Blanca.

Sin embargo, era obvio que nadie podría ya rebobinar la película de unos acontecimientos que hoy son historia. Una agencia de relaciones públicas se había bastado para "vender la guerra". Aparentemente, ni el Congreso, ni el Senado, ni los ciudadanos norteamericanos habían llegado a saber hasta donde alcanzaba la manipulación ejercida por una de las empresas de comunicación más prestigiosas de los Estados Unidos.

11 DE SEPTIEMBRE DE 2001. ¡PON LA TELEVISIÓN!

Mañana, tarde, o noche del 11 de septiembre de 2001, en todo el mundo globalizado el mismo mensaje lacónico se extiende de boca en boca: ¡pon la televisión!. Quienes así lo hacemos llegamos a tiempo de contemplar en directo el impacto de un avión contra una de las torres del World Trade Center. En ese instante son ya dos los incendios declarados en las Torres Gemelas de Manhattan. En el lapso de 18 minutos los dos edificios más altos de Nueva York arden en sus plantas superiores. Confusión en muchas de las personas que ven las pantallas de los televisores sin escuchar el relato sonoro, ciudadanos en sus casas, transeúntes ante los escaparates, clientes en los televisores de bares restaurantes, u hoteles... Todos se preguntan a qué última superproducción de Hollywood corresponden esas imágenes tan reales como "inverosímiles".

El sentimiento inmediato es de incredulidad ante las informaciones que confirman el hecho "real": dos aviones comerciales, secuestrados por comandos suicidas, y por lo que se deduce perfectamente adiestrados, han acertado en sus respectivos objetivos. De momento no hay información acerca de los autores. El incendio es pavoroso y afecta sobre todo a las últimas plantas de los 2 edificios atacados. Los espectadores tomamos verdadera conciencia del horror cuando los potentes teleobjetivos de las cámaras captan cómo las primeras personas se precipitan al vacío desde los pisos más altos. Más de 300 metros en caída libre.

Las informaciones de televisión intentan encontrar explicaciones, sin embargo, el sentimiento compartido es de resistencia a entender cómo estos actos terroristas pueden estar sucediendo en el corazón mismo del Imperio. Nunca antes los Estados Unidos de Norteamérica habían sufrido algo parecido. La inseguridad y la angustia se amplifican cuando, 40 minutos después del comienzo del incendio en la segunda torre, el Boeing 757 de United Airlines (Boston- Los Angeles) gira hacia Washington y continúa su recorrido hasta un punto en el que inicia una trayectoria de descenso casi en picado, en este caso el objetivo es el ala occidental del edificio del Pentágono. Instantes después se confirma que el avión ha conseguido su objetivo.

TERRORISMO-ESPECTÁCULO PENSADO PARA LA TELEVISIÓN

Los terroristas han actuado en un tiempo propio del espectáculo: aproximadamente 1 hora y 45 minutos. El tiempo medio de un largometraje, un tiempo muy similar al que duran los grandes espectáculos deportivos. Además han actuado con arreglo a un guión con sus momentos de tensión y clímax... Y todo ello en la nación que ha hecho del espectáculo una de sus señas de identidad.

Otro detalle crucial es que la hora elegida para el comienzo de los actos terroristas ha coincidido con el momento del día que aseguraba una mayor presencia de empleados en las oficinas de las Torres Gemelas6. La hora escogida tampoco es casual ya que coincide con el desarrollo o el comienzo de algunos de los informativos del mediodía en Europa y en el Prime Time de las programaciones de televisión de Asia y Oceanía.

Lo más inquietante para muchos analistas es que el guión ideado por los terroristas se ha "rodado", y "exhibido" para todo el mundo, en el país que presumía de ser más invulnerable: los Estados Unidos de Norteamérica.

Los primeros comentarios apuntan a que el organizador de la operación ha podido ser Osama Bin Laden, líder islámico, enemigo declarado de Estados Unidos, nacido en Arabia Saudí, exiliado en Afganistán y en ese momento bajo el amparo y protección de los talibanes. De esta forma ya existe un enemigo con rostro y un Estado provocador que da amparo a los terroristas.

El chiste cruel no acaba aquí ya que una vez más se demuestra que la CIA había contado con Bin Laden años antes para el reclutamiento de combatientes musulmanes durante la larga guerra que Afganistán libró contra Rusia. De alguna forma, existe la certeza de que la CIA norteamericana había contribuido decisivamente a la formación del nuevo enemigo público número uno de Norteamérica.

Los terroristas han adaptado su estética de terror al lenguaje de la televisión y han sacado provecho de ello. De alguna manera, los ideólogos del terror han planificado su golpe contando con la televisión como arma imprescindible. El ansia "voyeurista" de los telespectadores se ha visto atendida por una muy medida planificación del horror.

Como contrapunto las cámaras de televisión de las cadenas norteamericanas no han presentado imágenes de los muertos. Una apelación a la sensibilidad que contrasta con la violencia cotidiana de las programaciones televisivas de las grandes "networks".

LA PREPARACIÓN DEL IMAGINARIO DE ESA SUPUESTA TERCERA GUERRA MUNDIAL

Como ya hemos visto, Estados Unidos ha necesitado tradicionalmente encontrar la excusa que sirviera para iniciar conflictos bélicos como la Guerra de Vietnam o La Guerra del Golfo. Incluso, si nos remontamos mucho más atrás en el tiempo, encontraremos que la implicación de España en el atentado contra el Maine en 1898 pudo ser la patraña provocada por los norteamericanos con el fin de tener una excusa para declarar la guerra7.

Ante tal historial, los actos terroristas del 11 de septiembre, no parecen tener comparación posible con otros hechos anteriores, o bien inventados o bien mucho menos relevantes, y sin embargo todos ellos provocaron en su momento una declaración de guerra por parte de Estados Unidos.

El primer problema es que, aun cuando se haya identificado a un culpable como Osama Bin Laden, con pruebas más o menos contundentes, los antecedentes demuestran que por muy localizado que esté un personaje de estas características no es nada fácil capturarle, secuestrarle o asesinarle. En este sentido el caso de Saddam Hussein en Irak es esclarecedor. Una guerra ganada por Estados Unidos, un país arrasado, una población civil enferma y desnutrida, cientos de miles de niños muertos, - en parte por causa del bloqueo efectivo- y un líder satanizado durante la contienda pero que después de este largo período continúa al frente del país.

El segundo problema es que aun cuando Estados Unidos haya identificado a Afganistán como el país encubridor y protector del terrorista, se sabe muy bien que el terrorismo no es un problema de países concretos sino de redes. Esto complica la situación y exige estrategias a mucho más largo plazo. Tanto el Presidente Bush como el Vicepresidente Cheney, se han referido a que la Guerra será larga y sucia. Sin duda manejan el dato de que en ese país perdieron la vida 20.000 soldados rusos y que jamás una nación extranjera consiguió vencer en una guerra librada contra combatientes afganos. Esto lleva a aventurar que de nuevo Estados Unidos tendrá muchos problemas en ofrecer imágenes de grandes y espectaculares triunfos bélicos en un campo de batalla que tras varias décadas en guerra aparece como tierra calcinada. Será complicado que las montañas de Afganistán sean terreno favorable para mostrar operaciones de castigo contra los guerrilleros talibanes. Además aún se mantienen en el recuerdo algunas de las operaciones de castigo que Bill Clinton ordenó en 1998 tras las masacres terroristas contra las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania. Las acciones de represalia consistieron en la destrucción de una fábrica de medicamentos en Sudán y el lanzamiento de 60 costosísimos misiles Tomahawk contra un supuesto campamento de Bin Laden en Afganistán. ¡Un verdadero despropósito!

El tercer problema estriba en que los Estados Unidos alienten una Guerra entre Civilizaciones que anime los llamamientos a la Guerra Santa (Yihad) a la que son tan proclives algunos líderes islamistas. Si analizamos el poder nuclear de algunos de esos países como Pakistán, y la inestabilidad política de otros, casi siempre causada por los altos niveles de corrupción e injusticia,- tradicionalmente apoyadas por Estados Unidos -, podemos aventurar lo que le espera a la humanidad en el siglo XXI.

Por todo ello es importante reiterar la necesidad de convertir a medios como la televisión en recursos útiles para provocar el debate y la reflexión. Medios que generen esa educación para la comunicación de la que hemos venido hablando en este artículo.

UNA EDUCACIÓN PARA LA COMUNICACIÓN

A lo largo de su breve historia la televisión ha demostrado algunas de sus fortalezas: ha sido el medio más rápido, más eficaz, más seguido como referencia por los telespectadores... y, nuevamente, la televisión ha presentado sus debilidades para dar sentido a la información y al mismo tiempo ha demostrado la imposibilidad de romper con su tendencia a la fragmentación, su incapacidad para servir al conocimiento, sus limitaciones para presentar una información que permita hacer un debate ordenado, o que contribuya a la formación del espíritu crítico de los telespectadores. Y, a pesar de todo, esas no son, sin embargo, limitaciones reales de la televisión sino que vienen causadas por un uso sesgado y empobrecedor del medio.

Las estrategias de "desinformación" empleadas en el transcurso de las últimas décadas, han hecho que periodistas tan a favor del propio sistema estadounidense y tan poco sospechosos de radicalismo como Walter Cronkite se hayan mostrado escandalizados por la pérdida de libertades experimentada en el ámbito informativo. Si a lo largo de este artículo se han hecho permanentes referencias a los Estados Unidos, no estaría de más recordar que nuestro país tiene sus propias responsabilidades políticas y éticas y debería optar por evitar su tendencia ancestral a un cierto gregarismo.

Se habla de reformas en el sistema educativo pero al mismo tiempo se detecta una profunda galbana institucional que no favorece precisamente el fomento del espíritu crítico de las nuevas promociones de estudiantes. Los medios de información y comunicación son tomados en los planes ministeriales como meras herramientas. Hay una visión meramente instrumental de las tecnologías y cada vez más se evita todo lo que conlleve un análisis crítico potencialmente enriquecedor para los estudiantes. Se habla de la reforma de las Humanidades pero, al mismo tiempo da miedo el fomento de todo lo que signifique hacer pensar a los estudiantes.

La educación para la comunicación se debe fomentar desde la creación de alianzas entre el mundo de la educación, el mundo de los medios de información y comunicación y todos aquellos agentes sociales implicados. Es preciso asegurar que los ciudadanos accedan a una información que recupere la memoria, fomente la crítica, promueva el debate y consiga que la sociedad despierte de su letargo y reivindique una recuperación de los espacios de libertad perdidos.

Como acción concreta, la información provocada por los terribles acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 nos debería llevar a considerar la creación de una gran mediateca para la comunicación, en la que se incluyera todas las conservas comunicacionales creadas y difundidas en estos días. Imágenes, sonidos, artículos de prensa constituirían así una gran unidad didáctica desde la que el mundo entero debería comenzar su reflexión para intentar enmendar el futuro que se avecina. Se impone empezar a desmontar los cliches que los medios propagan, romper con las censuras, optar por la cordura y allanar el camino para que al menos una vez en la historia de la humanidad se imponga la sabiduría de la tolerancia y el respeto.



1
Jacquard, Roland (1988); La desinformación: una manipulación del poder. Espasa Calpe, Madrid. pp. 9-10
2 Cronkite, Walter (1997); Memorias de un reportero. El Páis Aguilar. Madrid.
3 Op cit p. 341
4 Ibid p. 342
5 Chomsky, Noam; "Los Estados delincuentes" en Le Monde Diplomatique, nº 58/59 de setiembre de 2000.
6 Se calcula que a esas horas habría unos 40.000 empleados asignados a sus puestos. Diariamente pasan por el complejo del World Trade Center unas 150.000 personas. Las primeras cifras de desaparecidos se acercaban a las 5.000 personas. Si sumamos las víctimas de los 4 aviones y los primeros cadáveres rescatados, se podría ajustar una cifra en torno a los 6.500 personas muertas o desaparecidas.
7 El Maine fue el crucero-acorazado hundido por una explosión interna en la bahía de la Habana el 15 de Febrero de 1898. Había sido enviado por los Estados Unidos para proteger las vidas y propiedades norteamericanas. La explosión y el posterior hundimiento fue la excusa aducida para declarar la guerra a España.