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ALLÁ DEL TERROR TELEVISADO. ESTRATEGIAS CONTRA LA DESINFORMACIÓN:
Una nueva pedagogía de la Comunicación. Agustín
García Matilla
Este es un extracto del artículo publicado
en libro colectivo: CONTRERAS, Fernando y SIERRA, Francisco (Coords.)
(2002): Culturas de guerra. Medios de comunicación y violencia
simbólica.
Son las 3 de la madrugada del día 12 de
septiembre de 2001 y a estas horas es difícil no dejarse
llevar por un escepticismo definitivo: NO HAY FUTURO.
Desde primera hora de la tarde no he dejado de
ver las trágicas imágenes provocadas por los atentados
terroristas en Nueva York y Washington. Intento superar la terrible
impresión de unos sucesos que personalmente me han llevado
a un profundo desasosiego, un íntimo desaliento y una absoluta
desesperanza con respecto al futuro inmediato de la especie humana.
Mi casi enfermizo sentido de los compromisos me lleva a recordar
que a finales de julio de 2001 acabé un artículo,
que sin duda alguna exige ser actualizado. No sé si estaré
a tiempo de modificarlo. Escribo a mi amigo Paco Sierra, uno de
los coordinadores de esta publicación colectiva, para sugerirle
la actualización y me pongo a ello con la esperanza de que
la edición del libro, en el que se incluye mi colaboración,
no esté ya demasiado avanzada.
El punto de partida de este artículo es
muy simple. Se trata de demostrar cómo la televisión
es un arma estratégica de poder. En la segunda mitad del
siglo XX este medio se ha vuelto, a veces, de forma excepcional,
contra los intereses de Gobiernos poderosos. El caso más
emblemático es el de la Guerra de Vietnam. En esa ocasión,
las imágenes televisivas tuvieron un peso fundamental para
movilizar a la opinión pública norteamericana en contra
de la inercia de la guerra. A partir de ese momento los asesores
militares de los sucesivos presidentes de Estados Unidos tuvieron
claro que las cámaras de televisión no deberían
estar tan presentes en los conflictos armados. La presión
del propio medio hizo imposible llevar a la práctica, al
menos de forma generalizada, esa decisión. Sin embargo, la
presencia de la televisión en las nuevas guerras se iba a
permitir sólo, dónde, cuándo y cómo
le viniera bien a los intereses de la nación. Desde ese momento,
las estrategias de desinformación llevadas a cabo por el
Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica han sido una
constante. La Guerra del Golfo representó el ejemplo paradigmático
del fraude sufrido por millones de telespectadores en todo el mundo.
La Guerra se vendió como un espectáculo incruento
servido en exclusiva por la CNN para todo el mundo. Las televisiones
de los 5 continentes sirvieron de meros comparsas para ese monumental
fraude.
Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 han generado un sentir
generalizado de compasión hacia el pueblo estadounidense
pero, de la misma manera, han permitido escarbar en las páginas
más oscuras de la política exterior de los sucesivos
gobiernos de Norteamérica. Es justo afirmar que las críticas
más profundas y los análisis más lúcidos
y críticos hacia esta poco afortunada política, han
surgido de la reflexión de ciudadanas y ciudadanos norteamericanos.
No hay más que leer algunos de los artículos de opinión
aparecidos en las ediciones especiales de los periódicos
de todo el mundo tras los atentados en Estados Unidos. Profesores
e investigadores de diferentes universidades norteamericanas han
desgranado sin la más mínima autocompasión
las peores páginas de esa nefasta trayectoria.
El 11 de septiembre de 2001 el país que ha querido liderar
al mundo sin sufrir apenas bajas, ha recibido el efecto boomerang
de una política que, por primera vez, se ha vuelto contra
miles de ciudadanos norteamericanos indefensos.
Todos estos hechos exigen abrir un proceso de
reflexión profunda. Los medios de comunicación deberían
ayudar a abrir ese debate y para ello resulta imprescindible el
desarrollo de una pedagogía de la comunicación. La
televisión nos dota diariamente de miles de imágenes
y sonidos que son sistemáticamente "quemadas" y
desaprovechadas. Asimismo, la televisión es depositaria de
una gran parte de esa memoria colectiva que permitiría confrontar
presente y pasado. Pensemos en el acicate que podría suponer
un uso activo de ese gran almacén de imágenes y sonidos...
Y sin embargo, la televisión ha sido un instrumento generalmente
utilizado para contribuir a la desmemoria de los pueblos.
Este artículo tiene entre otros objetivos
servir a ese ejercicio pedagógico de recuperación
de la memoria colectiva. Los trágicos sucesos ocurridos en
Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 hacen que este artículo
intente ser además un modesto testimonio en contra de la
infamia, y un homenaje a las víctimas civiles de cuantas
guerras, declaradas o no, han impedido un progreso continuado de
la humanidad.
LA DESINFORMACIÓN COMO ARMA BÉLICA
La saturación informativa se ha convertido
en un fenómeno que lejos de contribuir al reforzamiento de
la democracia está interfiriendo de forma grave en su construcción.
El fenómeno de la "desinformación" es predominante
en medios como la televisión y se detecta como uno de los
principales problemas que los medios de información y comunicación
en general han heredado del pasado siglo.
Roland Jacquard hace suya una definición
del término desinformación que describe este fenómeno
como un "conjunto de técnicas utilizadas para manipular
la información conservando su verosimilitud con el fin de
influenciar sobre la opinión y las reacciones de las gentes...La
evolución de las técnicas de desinformación
ha sido proporcional a la experiencia progresiva de los que las
emplean, a la importancia de lo que está en juego, a la multiplicación
de los medios de comunicación y a la necesidad de convencer
masas cada vez más numerosas"1.
Vamos a centrarnos en la información audiovisual
y muy especialmente en cómo la televisión ha abordado
los contenidos referidos a determinados conflictos bélicos
que han caracterizado a los últimos 30 años del siglo
XX. Repasaremos de forma sucinta los fenómenos de desinformación
que definen el tratamiento dado a algunos de esos conflictos. Plantearemos
la necesidad de poner en práctica una educación para
la comunicación. Esa educación para la comunicación
se dirigirá a la población en general y tendrá
como objetivo concreto evitar los excesos cometidos por una política
de desinformación, en la actualidad tolerada y a veces apoyada
por las instituciones, y casi nunca debatida por los propios ciudadanos.
INFORMACIÓN AUDIOVISUAL Y CONFLICTOS BÉLICOS
Los casi inagotables recursos informativos que
a menudo nos venden las televisiones se convierten en "pólvora
mojada" a la hora de dar información fidedigna sobre
muchos de los conflictos bélicos que han acontecido en el
mundo. La Guerra de Vietnam fue la última ocasión
en la que las imágenes televisivas contribuyeron decisivamente
al final de un conflicto bélico. Esas imágenes fueron
en sí mismas un arma poderosa para llegar al plano emocional
de los telespectadores norteamericanos y ayudaron tanto a la contextualización
de la información como a crear un consenso de opinión
de una gran parte de la población estadounidense. Los lectores
de los periódicos y los telespectadores norteamericanos coincidieron
en calificar de esfuerzo inútil el sacrificio de vidas humanas
en esa región del Sureste Asiático.
La Guerra de las Malvinas supuso un punto de inflexión con
respecto a la información bélica. Margaret Thatcher
salió indemne de las críticas a la censura que ella
misma había impuesto a los medios de comunicación
de su país. Durante el conflicto se evitó facilitar
cualquier tipo de información referida a la guerra contra
Argentina. El argumento esgrimido consistía en considerar
este tipo de noticias perjudiciales para los intereses de los ejércitos
del Reino Unido. La "dama de hierro" fue capaz de ir más
allá lanzando acusaciones de traición a la BBC británica.
La cadena, fiel a su imagen de independencia, había decidido
entrevistar a algunos de los militares responsables de la flota
enemiga
DE LA GUERRA DE VIETNAM A LA GUERRA DEL GOLFO
Los manuales de información más
utilizados en América y Europa hablan de cómo la guerra
de Vietnam llegó a su fin, en parte, gracias a las imágenes
que facilitaban los diarios y sobre todo a las filmaciones emitidas
a través de los canales de televisión. Imágenes
como la de la niña Kim Phuc corriendo desnuda por una carretera
tras sufrir las terribles quemaduras causadas por el napalm, o la
ejecución de un guerrillero vietnamita en plena calle a manos
del general Loan, o las de los propios marines norteamericanos heridos
en combate...
En su libro Memorias de un Reportero2
Walter Cronkite analiza de forma certera cómo los asesores
militares del ejército norteamericano tomaron buena nota
de lo que había sucedido en el sureste asiático: "Una
generación de oficiales, más tarde en el Pentágono,
aún tiene la creencia de que quienes nos hicieron perder
la guerra fueron los medios de comunicación. Insisten en
que podríamos haber ganado si la prensa no hubiera publicado
aquellas imágenes de niñas vietnamitas desnudas huyendo
abrasadas por el napalm de nuestros bombardeos; de prisioneros recibiendo
un disparo en la cabeza, de cabañas ardiendo, de soldados
estadounidenses heridos"3 .
El propio Cronkite se refiere a las declaraciones
expresadas años más tarde por un comandante de infantería
de marina en la publicación Military Review, revista oficial
del Ejército de Estados Unidos: "Lo que necesitamos,
contrariamente a la política abierta y sin restricciones
seguida en Vietnam, no es libertad de prensa, sino libertad frente
a la prensa, más específicamente, libertad frente
a la cámara de televisión y su interferencia. - y
concluía su razonamiento-. ¡En la próxima guerra,
las cámaras de televisión deben quedarse en casa!"4
.
La recomendación sería seguida casi
al pie de la letra por el ejército norteamericano en las
sucesivas invasiones de Granada y Panamá y también
durante las intervenciones en el Golfo Pérsico a comienzos
de los 90. Las cámaras de televisión no volverían
a servir el tipo de imágenes que consiguieron abrir los ojos
de millones de norteamericanos.
Tan importante es el análisis de las restricciones
progresivas impuestas a la libertad de información en los
conflictos bélicos como la revelación de las estrategias,
muchas veces engañosas, que contribuyen decisivamente a convencer
a la opinión pública de la necesidad de justificar
una determinada guerra. En el caso de la Guerra de Vietnam, el desencadenante
de la declaración de guerra fue el supuesto ataque de navíos
norvietnamitas a dos destructores estadounidenses. El presidente
Johnson hizo ante el Congreso una exagerada declaración en
la que presentó el hecho como la gota que colmaba el vaso.
De esta forma los congresistas dieron prácticamente un cheque
en blanco a su presidente para actuar.
LA GUERRA DEL GOLFO COMO PARADIGMA DE UNA DESINFORMACIÓN
PERFECTAMENTE ORQUESTADA
Años más tarde, la decisión
de entrar en una guerra en el Golfo Pérsico precisó
de un proceso mucho más largo y perverso. Estados Unidos
no consiguió sensibilizar a sus ciudadanos hasta muchos meses
después de que Sadam Hussein hubiera invadido Kuwait en agosto
de 1990. Los ciudadanos estadounidenses no se vieron conmovidos
por lo que pasaba en un país del que, la mayoría de
ellos, ni siquiera conocía su ubicación en el mapa;
es más, todas las referencias existentes identificaban a
Hussein como un aliado de Estados Unidos que había combatido
contra Irán. Hasta 1989 Estados Unidos había promovido
el envío de materiales biológicos a Irak como apoyo
explícito al Gobierno aliado. Como ha descrito Noam Chomski
"Saddam era por entonces un amigo favorecido y un socio comercial.
Su estatus cambió sólo unos meses más tarde,
cuando malinterpretó la tolerancia de Estados Unidos para
permitirle modificar la frontera con Kuwait como una autorización
para apoderarse del país -o desde la perspectiva de la Administración
Bush, para hacer lo mismo que Estados Unidos acababa de hacer en
Panamá"5.
El desencadenante de la entrada de Estados Unidos
en la Guerra fue preparado dentro de una campaña perfectamente
orquestada por la Agencia de Relaciones Públicas norteamericana
Hill and Knowlton. En aquellos primeros meses, inmediatamente posteriores
a la invasión de Kuwait, la opinión de los congresistas
estaba muy polarizada y más aún la percepción
que los ciudadanos norteamericanos podían tener sobre la
justificación de entrar en una nueva guerra. El objetivo
era cambiar esas percepciones y desequilibrar la balanza a favor
de los partidarios de la entrada en la Guerra.
Ni las imágenes de fusilamientos sumarísimos
ordenados por Sadam, ni la identificación de este personaje
con la referencia a un nuevo Hitler, habían conseguido su
objetivo. La campaña para lograr este espectacular cambio
de opinión costó 10 millones de dólares, de
aquella época. Esta suma representaba un coste similar a
lo que significaba la realización de una campaña para
optar a la presidencia de los Estados Unidos. La campaña
de comunicación fue financiada por Ciudadanos por un Kuwait
Libre, esta institución encubría una coalición
formada entre otros por miembros del Gobierno kuwaití y avalada
por miembros de la Familia de los príncipes de Kuwait. No
hay que olvidar que Kuwait era en esa época el décimo
país productor de petróleo de todo el mundo y que
su población no llegaba al millón de habitantes.
Para sensibilizar a la opinión pública
se inventó una historia realmente truculenta, perversa y
a la vez eficaz. Según esta historia soldados de Sadam Hussein
habrían entrado en la sección de neonatos del Hospital
de Addan cortando los cables de oxígeno de las incubadoras
y matando a 312 bebés. La principal testigo Nayirah, era
una niña de 15 años que aparentemente no se atrevía
a dar su nombre ante el Comité del Congreso de los Derechos
Humanos de Norteamérica por miedo a las posibles represalias.
El Presidente Bush mencionó en 7 ocasiones este acontecimiento
ante el Senado norteamericano y finalmente la Cámara dio
el visto bueno definitivo a la entrada en la Guerra por un estrechísimo
margen de votos.
Hasta la propia Amnistía Internacional
cayó inicialmente en el engaño ya que un informe de
esta organización publicado el 19 de noviembre de 1990, recogió
como verdadero el testimonio de Nayirah. En informes posteriores
se corrigieron datos pero el objetivo de desinformación ya
se había conseguido y sirvió para justificar la acción
militar de los Estados Unidos.
Una vez detonado el conflicto no importó
ya que la historia se fuera desmontando. Diversos expertos internacionales
pudieron comprobar in situ que el suceso de las incubadoras nunca
había existido. Hill and Knowlton había actuado como
si de una película se tratara. Los testigos falsos habían
ensayado sus testimonios como actores profesionales. Pronto se descubrió
que la supuesta refugiada Kuwaití, Nayirah, era en realidad
la hija del embajador de Kuwait en Estados Unidos, Nasir al Sabah.
El entramado de complicidades se extendió hasta el interior
de la misma Casa Blanca.
Sin embargo, era obvio que nadie podría
ya rebobinar la película de unos acontecimientos que hoy
son historia. Una agencia de relaciones públicas se había
bastado para "vender la guerra". Aparentemente, ni el
Congreso, ni el Senado, ni los ciudadanos norteamericanos habían
llegado a saber hasta donde alcanzaba la manipulación ejercida
por una de las empresas de comunicación más prestigiosas
de los Estados Unidos.
11 DE SEPTIEMBRE DE 2001. ¡PON LA TELEVISIÓN!
Mañana, tarde, o noche del 11 de septiembre
de 2001, en todo el mundo globalizado el mismo mensaje lacónico
se extiende de boca en boca: ¡pon la televisión!. Quienes
así lo hacemos llegamos a tiempo de contemplar en directo
el impacto de un avión contra una de las torres del World
Trade Center. En ese instante son ya dos los incendios declarados
en las Torres Gemelas de Manhattan. En el lapso de 18 minutos los
dos edificios más altos de Nueva York arden en sus plantas
superiores. Confusión en muchas de las personas que ven las
pantallas de los televisores sin escuchar el relato sonoro, ciudadanos
en sus casas, transeúntes ante los escaparates, clientes
en los televisores de bares restaurantes, u hoteles... Todos se
preguntan a qué última superproducción de Hollywood
corresponden esas imágenes tan reales como "inverosímiles".
El sentimiento inmediato es de incredulidad ante
las informaciones que confirman el hecho "real": dos aviones
comerciales, secuestrados por comandos suicidas, y por lo que se
deduce perfectamente adiestrados, han acertado en sus respectivos
objetivos. De momento no hay información acerca de los autores.
El incendio es pavoroso y afecta sobre todo a las últimas
plantas de los 2 edificios atacados. Los espectadores tomamos verdadera
conciencia del horror cuando los potentes teleobjetivos de las cámaras
captan cómo las primeras personas se precipitan al vacío
desde los pisos más altos. Más de 300 metros en caída
libre.
Las informaciones de televisión intentan
encontrar explicaciones, sin embargo, el sentimiento compartido
es de resistencia a entender cómo estos actos terroristas
pueden estar sucediendo en el corazón mismo del Imperio.
Nunca antes los Estados Unidos de Norteamérica habían
sufrido algo parecido. La inseguridad y la angustia se amplifican
cuando, 40 minutos después del comienzo del incendio en la
segunda torre, el Boeing 757 de United Airlines (Boston- Los Angeles)
gira hacia Washington y continúa su recorrido hasta un punto
en el que inicia una trayectoria de descenso casi en picado, en
este caso el objetivo es el ala occidental del edificio del Pentágono.
Instantes después se confirma que el avión ha conseguido
su objetivo.
TERRORISMO-ESPECTÁCULO PENSADO PARA LA
TELEVISIÓN
Los terroristas han actuado en un tiempo propio
del espectáculo: aproximadamente 1 hora y 45 minutos. El
tiempo medio de un largometraje, un tiempo muy similar al que duran
los grandes espectáculos deportivos. Además han actuado
con arreglo a un guión con sus momentos de tensión
y clímax... Y todo ello en la nación que ha hecho
del espectáculo una de sus señas de identidad.
Otro detalle crucial es que la hora elegida para
el comienzo de los actos terroristas ha coincidido con el momento
del día que aseguraba una mayor presencia de empleados en
las oficinas de las Torres Gemelas6.
La hora escogida tampoco es casual ya que coincide con el desarrollo
o el comienzo de algunos de los informativos del mediodía
en Europa y en el Prime Time de las programaciones de televisión
de Asia y Oceanía.
Lo más inquietante para muchos analistas
es que el guión ideado por los terroristas se ha "rodado",
y "exhibido" para todo el mundo, en el país que
presumía de ser más invulnerable: los Estados Unidos
de Norteamérica.
Los primeros comentarios apuntan a que el organizador
de la operación ha podido ser Osama Bin Laden, líder
islámico, enemigo declarado de Estados Unidos, nacido en
Arabia Saudí, exiliado en Afganistán y en ese momento
bajo el amparo y protección de los talibanes. De esta forma
ya existe un enemigo con rostro y un Estado provocador que da amparo
a los terroristas.
El chiste cruel no acaba aquí ya que una
vez más se demuestra que la CIA había contado con
Bin Laden años antes para el reclutamiento de combatientes
musulmanes durante la larga guerra que Afganistán libró
contra Rusia. De alguna forma, existe la certeza de que la CIA norteamericana
había contribuido decisivamente a la formación del
nuevo enemigo público número uno de Norteamérica.
Los terroristas han adaptado su estética
de terror al lenguaje de la televisión y han sacado provecho
de ello. De alguna manera, los ideólogos del terror han planificado
su golpe contando con la televisión como arma imprescindible.
El ansia "voyeurista" de los telespectadores se ha visto
atendida por una muy medida planificación del horror.
Como contrapunto las cámaras de televisión
de las cadenas norteamericanas no han presentado imágenes
de los muertos. Una apelación a la sensibilidad que contrasta
con la violencia cotidiana de las programaciones televisivas de
las grandes "networks".
LA PREPARACIÓN DEL IMAGINARIO DE ESA SUPUESTA
TERCERA GUERRA MUNDIAL
Como ya hemos visto, Estados Unidos ha necesitado
tradicionalmente encontrar la excusa que sirviera para iniciar conflictos
bélicos como la Guerra de Vietnam o La Guerra del Golfo.
Incluso, si nos remontamos mucho más atrás en el tiempo,
encontraremos que la implicación de España en el atentado
contra el Maine en 1898 pudo ser la patraña provocada por
los norteamericanos con el fin de tener una excusa para declarar
la guerra7.
Ante tal historial, los actos terroristas del
11 de septiembre, no parecen tener comparación posible con
otros hechos anteriores, o bien inventados o bien mucho menos relevantes,
y sin embargo todos ellos provocaron en su momento una declaración
de guerra por parte de Estados Unidos.
El primer problema es que, aun cuando se haya
identificado a un culpable como Osama Bin Laden, con pruebas más
o menos contundentes, los antecedentes demuestran que por muy localizado
que esté un personaje de estas características no
es nada fácil capturarle, secuestrarle o asesinarle. En este
sentido el caso de Saddam Hussein en Irak es esclarecedor. Una guerra
ganada por Estados Unidos, un país arrasado, una población
civil enferma y desnutrida, cientos de miles de niños muertos,
- en parte por causa del bloqueo efectivo- y un líder satanizado
durante la contienda pero que después de este largo período
continúa al frente del país.
El segundo problema es que aun cuando Estados
Unidos haya identificado a Afganistán como el país
encubridor y protector del terrorista, se sabe muy bien que el terrorismo
no es un problema de países concretos sino de redes. Esto
complica la situación y exige estrategias a mucho más
largo plazo. Tanto el Presidente Bush como el Vicepresidente Cheney,
se han referido a que la Guerra será larga y sucia. Sin duda
manejan el dato de que en ese país perdieron la vida 20.000
soldados rusos y que jamás una nación extranjera consiguió
vencer en una guerra librada contra combatientes afganos. Esto lleva
a aventurar que de nuevo Estados Unidos tendrá muchos problemas
en ofrecer imágenes de grandes y espectaculares triunfos
bélicos en un campo de batalla que tras varias décadas
en guerra aparece como tierra calcinada. Será complicado
que las montañas de Afganistán sean terreno favorable
para mostrar operaciones de castigo contra los guerrilleros talibanes.
Además aún se mantienen en el recuerdo algunas de
las operaciones de castigo que Bill Clinton ordenó en 1998
tras las masacres terroristas contra las embajadas norteamericanas
en Kenia y Tanzania. Las acciones de represalia consistieron en
la destrucción de una fábrica de medicamentos en Sudán
y el lanzamiento de 60 costosísimos misiles Tomahawk contra
un supuesto campamento de Bin Laden en Afganistán. ¡Un
verdadero despropósito!
El tercer problema estriba en que los Estados
Unidos alienten una Guerra entre Civilizaciones que anime los llamamientos
a la Guerra Santa (Yihad) a la que son tan proclives algunos líderes
islamistas. Si analizamos el poder nuclear de algunos de esos países
como Pakistán, y la inestabilidad política de otros,
casi siempre causada por los altos niveles de corrupción
e injusticia,- tradicionalmente apoyadas por Estados Unidos -, podemos
aventurar lo que le espera a la humanidad en el siglo XXI.
Por todo ello es importante reiterar la necesidad
de convertir a medios como la televisión en recursos útiles
para provocar el debate y la reflexión. Medios que generen
esa educación para la comunicación de la que hemos
venido hablando en este artículo.
UNA EDUCACIÓN PARA LA COMUNICACIÓN
A lo largo de su breve historia la televisión
ha demostrado algunas de sus fortalezas: ha sido el medio más
rápido, más eficaz, más seguido como referencia
por los telespectadores... y, nuevamente, la televisión ha
presentado sus debilidades para dar sentido a la información
y al mismo tiempo ha demostrado la imposibilidad de romper con su
tendencia a la fragmentación, su incapacidad para servir
al conocimiento, sus limitaciones para presentar una información
que permita hacer un debate ordenado, o que contribuya a la formación
del espíritu crítico de los telespectadores. Y, a
pesar de todo, esas no son, sin embargo, limitaciones reales de
la televisión sino que vienen causadas por un uso sesgado
y empobrecedor del medio.
Las estrategias de "desinformación"
empleadas en el transcurso de las últimas décadas,
han hecho que periodistas tan a favor del propio sistema estadounidense
y tan poco sospechosos de radicalismo como Walter Cronkite se hayan
mostrado escandalizados por la pérdida de libertades experimentada
en el ámbito informativo. Si a lo largo de este artículo
se han hecho permanentes referencias a los Estados Unidos, no estaría
de más recordar que nuestro país tiene sus propias
responsabilidades políticas y éticas y debería
optar por evitar su tendencia ancestral a un cierto gregarismo.
Se habla de reformas en el sistema educativo pero
al mismo tiempo se detecta una profunda galbana institucional que
no favorece precisamente el fomento del espíritu crítico
de las nuevas promociones de estudiantes. Los medios de información
y comunicación son tomados en los planes ministeriales como
meras herramientas. Hay una visión meramente instrumental
de las tecnologías y cada vez más se evita todo lo
que conlleve un análisis crítico potencialmente enriquecedor
para los estudiantes. Se habla de la reforma de las Humanidades
pero, al mismo tiempo da miedo el fomento de todo lo que signifique
hacer pensar a los estudiantes.
La educación para la comunicación
se debe fomentar desde la creación de alianzas entre el mundo
de la educación, el mundo de los medios de información
y comunicación y todos aquellos agentes sociales implicados.
Es preciso asegurar que los ciudadanos accedan a una información
que recupere la memoria, fomente la crítica, promueva el
debate y consiga que la sociedad despierte de su letargo y reivindique
una recuperación de los espacios de libertad perdidos.
Como acción concreta, la información
provocada por los terribles acontecimientos del 11 de septiembre
de 2001 nos debería llevar a considerar la creación
de una gran mediateca para la comunicación, en la que se
incluyera todas las conservas comunicacionales creadas y difundidas
en estos días. Imágenes, sonidos, artículos
de prensa constituirían así una gran unidad didáctica
desde la que el mundo entero debería comenzar su reflexión
para intentar enmendar el futuro que se avecina. Se impone empezar
a desmontar los cliches que los medios propagan, romper con las
censuras, optar por la cordura y allanar el camino para que al menos
una vez en la historia de la humanidad se imponga la sabiduría
de la tolerancia y el respeto.
1 Jacquard, Roland (1988); La desinformación:
una manipulación del poder. Espasa Calpe, Madrid. pp. 9-10
2 Cronkite,
Walter (1997); Memorias de un reportero. El Páis Aguilar.
Madrid.
3 Op cit
p. 341
4 Ibid
p. 342
5 Chomsky,
Noam; "Los Estados delincuentes" en Le Monde Diplomatique,
nº 58/59 de setiembre de 2000.
6 Se calcula
que a esas horas habría unos 40.000 empleados asignados a
sus puestos. Diariamente pasan por el complejo del World Trade Center
unas 150.000 personas. Las primeras cifras de desaparecidos se acercaban
a las 5.000 personas. Si sumamos las víctimas de los 4 aviones
y los primeros cadáveres rescatados, se podría ajustar
una cifra en torno a los 6.500 personas muertas o desaparecidas.
7 El Maine
fue el crucero-acorazado hundido por una explosión interna
en la bahía de la Habana el 15 de Febrero de 1898. Había
sido enviado por los Estados Unidos para proteger las vidas y propiedades
norteamericanas. La explosión y el posterior hundimiento
fue la excusa aducida para declarar la guerra a España.
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