CARTA A JULIO A. PARRADO
Hasta hoy no he sabido que esa minúscula foto, insertada
en la primera de El Mundo durante estas últimas semanas,
era tu foto. Me ha costado mucho reconocer en esa imagen
a un alumno, en aquella época con gafas y flequillo,
sumamente tímido y reservado, a quien di clase hace
casi 12 años en la Facultad de Ciencias de la Información:
Anguita Parrado, Julio. No sólo tu imagen ha cambiado
mucho en este tiempo, se te ve curtido como persona y como
periodista. Escribes con facilidad y soltura. Aunque acompañes
a los aliados, y se te vea profundo conocedor del léxico
propio de la logística y la estrategia militar, tratas
de contar lo que ves. Manejas las fuentes sin que las fuentes
te manejen a ti. Describes las situaciones con las que te
encuentras, sin miedo a desmitificar determinadas circunstancias
absurdas, ridículas, casi surrealistas, de la guerra.
¡Genial la historia del silo de misiles que comienza
con el soplo de Abdel Karim “a por pepinos fuimos
y con la hortaliza regresamos” (lunes, 7 de abril,
página 3 de El Mundo).
Pero sobre todo, tú sabes que en todo este tiempo
has sido un tío honesto. Querías llegar por
tus propios méritos y lo has conseguido. Tus crónicas
han estado en primera todos estos días. Muchos compañeros
de promoción te habrán admirado, aunque seguro
que algunos,-igual que me ha pasado a mí- no te habrán
reconocido. Y es que has renunciado a usar completo tu primer
apellido: “A.” Parrado. En esto también
has sido muy coherente, no has querido beneficiarte de un
apellido que te podía abrir puertas. En la Facultad
nunca hiciste uso de él para aspirar a mejor nota,
ni para recibir el más mínimo “empujoncito”.
Como otros muchos compañeros, aspirabas a acabar
cuanto antes y sin embargo tuviste que aguantar nuestras
clases y seguir ese trámite, muchas veces tan aburrido,
de aprobar todas las asignaturas para finalizar la carrera
y licenciarte. Ahora sabemos que utilizabas la timidez,
las gafas y el flequillo como una forma de camuflaje. Sabías
perfectamente que llegarías a alcanzar tu objetivo:
estar en la primera línea.
A veces los profesores tenemos la mejor recompensa posible
en los alumnos que te saludan por la calle o te paran en
el metro para comentarte que recuerdan tus clases o que
fuiste un profesor que enseñó cosas útiles.
En esta ocasión soy yo quien te escribe. Te escribo
para agradecerte que nos hayas dado a todos una lección
de constancia, de pundonor y de valentía. Gracias
por habernos hecho testigos de tu honestidad, de tu coherencia,
de tu pasión por el trabajo y sobre todo, gracias
por haberte rebelado a sucumbir en el ambiente de “grisedad”
y en la mentalidad acomodaticia que a menudo prima en la
profesión periodística, en la universidad
o en la propia política.
Me habría gustado encontrarme de nuevo en la calle
contigo para aprender de tu experiencia, para ser testigo
de tu satisfacción, para darte un abrazo y felicitarte...Ya
no podrá ser así...Tu muerte debe empujarnos
a gritar otra vez un no inmenso a la guerra. Las balas,
los morteros, los misiles siempre dan en un blanco equivocado.
Los políticos que apoyan la guerra juegan a la ruleta
con las vidas de otros y blindan su posición. Julio,
tú tampoco has debido morir, ojalá que tu
muerte signifique la última crónica de esta
guerra, de cualquier otra guerra.
Agustín
García Matilla
Profesor de Teoría y Técnica de la Información
AV.
Facultad de Ciencias de la Información
Universidad Complutense de Madrid